Miro a la mesa que tengo al lado y quiero ser esa mujer que veo. Me gusta ver su masticar suave y sin pudor cuando devora con hambre un mollete y pide más salsa e indica ─De la que pica por favor, joven. Así saborea los totopos, da un sorbo al café caliente y su cara brilla.
Hace una pausa, da un vistazo al celular y ríe de algo. Lee con atención algunas líneas y su saco púrpura se enciende, no sabemos que atesora su corazón. Guarda su celular y disfruta a su antojo del mollete. Le agrega pico de gallo y se enchila. Se ruboriza al salpicar con una gota su blusa y la limpia con una servilleta bajo el gesto de ─No importa, ya la lavaré. Mira su anillo negro brillante y le sopla, como eliminando el polvo al estilo Miley Cyrus cuando entona Flowers. Sigue masticando, termina y listo, a disfrutar el refil del café. Da otro sorbo y se le empañan los lentes, sonríe, le pasa un paño y goza de ese fragmento de vida. Fragmento suyo.
Mientras termina de comer, sus ojos comienzan a moverse, parpadea, como quien hace cuentas en la mente de lo va a pagar. Aclara su garganta y cambia de estímulo. Saca su billetera y paga. Con otro billete deja una propina generosa al mesero y este le agradece, ella sonríe y dice, ─De nada, poniéndose de pie. Echa un vistazo a su reloj de pulso y dice en voz alta, ─Bueno, son las once en punto todavía es media mañana, atravesaré caminando el parque para ir a casa.
En cambio, no quiero ser la mujer de la mesa de enfrente que viste de gris y beige; constantemente limpia sus comisuras para que ni una gota le escurra. Mira de reojo a los lados, cuidando que no la vean siendo humana. Lleva su soledad a cuestas, apenas puede con ella, sus labios rosados mate no se extienden en sonrisas porque está muy sola. Sus canas lucen sin teñir no porque no quiera teñirlas sino porque gravemente no tiene ánimo y a diario se pregunta, para qué, para quién. Y con esto y aquello entretiene su día.
Come su empanada usando tenedor y cuchillo para no ensuciarse, para no ser juzgada al usar su tacto, sentir con sus manos y morder. Bebe su café agregando leche para atemperarlo, para no quemarse. Contesta una llamada en su celular y muy seria dice, ─No puedo hablar ahora. Antes de abandonar su mesa intenta dejarla ordenada, vacía, como siente su alma. Es muy recatada para dejar propina no porque no tenga sino porque todo tiene un orden. Se levanta, inhala una bocanada de aire y toma su paraguas, aunque hoy no llueva. Finalmente, se da suficiente valor y sale a la calle para seguir con su vida.

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